ft. Anubis月2026ES

Cicatriz

—Bien. Birlamos todo rápido y nos largamos a venderlo.

La única luz que habían visto esas ruinas desde hacía siglos era el fuego de las antorchas de los saqueadores de tumbas que habían logrado hoy entrar en unas catacumbas que se encontraban más o menos por donde las ruinas de Cadry, unos templos funerarios excavados sobre roca que esta gente había logrado encontrar.

No era una cámara para nada grande, de hecho, era más bien como un piso en el centro de Calpheon. El grupo llevaba una expresión de decepción que se notaba en la mirada aún encontrándose frente a tesoros del mundo antiguo antes de la llegada del aalismo, la época anterior a la fundación de la ciudad de Valencia donde el crudo desierto era poblado por las comunidades nómadas.

Respiraban el aire cerrado de esas paredes de roca y arena entremezclado con los olores de los pigmentos de algunos papiros y del metal a medio oxidar de muchos de los objetos del ajuar funerario.

… Jé, bueno, respirábamos.

Se habían quedado algo anonadados al ver una escultura en piedra caliza de algo que parecía un chacal recostado devolviéndoles una vacía mirada.

De pronto uno de ellos soltó un grito y cayó inconsciente de un botellazo de vino de dátiles vacío.

—Qué cojo- —se giró su compañero y por un instante logró fijar su mirada en mis ojos. Me abalancé sobre él y lo mordí.

Intercambiamos algunos puñetazos. Lo logré dejar cao mientras el otro saqueador, el último que quedaba, me apuntaba con un arcabuz.

—Ups…

—¡Nos has seguido…! Tú… ¡te reconozco! ¡Eras el borracho que andaba por Shakatu!

—Borracho, tsk~ ¡No estaba borracho! —rodé los ojos intentando moverme, pero el tío trató de recordarme con un gesto que me estaba apuntando. Observé el cañón del arcabuz, luego a él. —¿Acaso sabes dónde estás…?

—Y eso qué más da.

—Uy, sí da, sí. —Carraspeé. Ahí iba yo. — Estás en uno de los pocos templos que quedan de los kemetianos, un pueblo nómada muy antiguo del desierto de la época pre-valenciana… Sorprendente, ¿eh? —¡No me preguntes porqué me sale ese tono de cuentacuentos cuando explico algo serio! O de sabelotodo… Am… ¡Te recuerdo que soy analfabeto! (bueno, ya más o menos~)

—A mí qué coño-

Mis ojos brillaron observando el lugar, paseando mi mirada en cada inscripción que distinguía, con un deje de emoción que no podía evitar. No era un lugar perfecto digno de reyes, era un lugar de cobijo de todo un pueblo, humilde… mis raíces.

—Esos son muchos años… Nada tiene que envidiar a los años de los elfos de Kamasylvia, ¿sabes? Jé… Aquí los kemetianos venían de vez en cuando, quizá una o dos veces al año según la temporada. Rezaban a sus dioses, compartían lo que tenían, honraban a los fallecidos…

Creo que, si no me disparó, fue porque le parecí un friki y ya está. O quizá tenía ganas de que alguien le contase una buena historia.

—... ¿No sabrás cómo encontrar más tesoros en este lugar? Ya que sabes tanto, al menos intenta saber de algo más útil y puede que te perdone la vida, muchacho.

—Errrr —Puse morritos pensando. Miré de reojo la estatua y me mordí la lengua. — Noup.

—¡Entonces muere!

Aburridos…

Traté de moverme rápido llevándome la mano atrás. El hombre disparó al aire cuando una cortina de arena se levantó. Comenzó a toser encorvandose con molestia. Entreabrió los ojos volviendo a apuntar rápidamente, pero ya no sabía a dónde. Me deslicé hacia su espalda y…

Le pegué con la empuñadura del shamshir en la cabeza. Cayó de lao.

¿Qué? No soy un asesino.

Inspiré y expiré. Me quejé llevándome la mano al costado. Miré abajo y noté algo de sangre brotar, pero solo se trataba del rasguño de la bala. Suspiré. Aún así picaba lo suyo. Luego me la trataría, sí… Con suerte no dejaría otra marca, aprovechando la próxima Luna Llena. Observé a los tres ladrones inconscientes, comprobando que estuvieran teniendo dulces sueños, y entonces me dirigí a la estatua del chacal, enfrentándola.

—Eres un repositorio de esos de memoria… ¿verdad? Quizá pueda… —Me llevé la mano al bolsito del cinto y saqué la piedra de Ator, esa dichosa bola dorada con grabados que tantas aventuras me había dado últimamente. Toqué varios de los botones al ritmo de la melodía que lo activaba. Una luz azul salió de cada uno de los grabados poco a poco y los ojos del chacal en frente de mí se iluminaron con el mismo color.

Comenzaron algunas proyecciones del pasado, con esa tecnología ancestral tan avanzada pero olvidada. Veía a niños con orejas y cola de chacal con sus madres comiendo frutos, jóvenes en grupo hablando animadamente, una sacerdotisa saludando a cada uno de los integrantes de esa comunidad, de grandes pendientes de oro y ropajes oscuros. Era una escena cotidiana de esa época en este lugar, cuando de vez en cuando había algo de vida.

No pude evitar sino sonreír, preguntándome cómo sería vivir en esa época por mí mismo, con esa gente, mi gente… Quizá Ma estaría con nosotros también, contándonos antiguas historias con su cálida voz.

Levanté una mano como si de alguna forma quizá así pudiera tocar y alcanzar esa vida, esa comunidad que tenía todo un futuro por delante, con personas de todas las edades, ancianos que dejaban su legado a la siguiente generación, buscadores de agua, artistas que preservaban la cultura, guerreros protectores, parejas jóvenes ilusionadas, algunas de ellas esperando un hijo, o dos… viviendo humildemente, pero felices a su aire allá donde las dunas les conducían. Ladeé la cabeza, por un instante algo confuso por… no sé qué vi.

Fue entonces cuando la sacerdotisa de aquel efímero recuerdo fijó la mirada en mí. Sus iris se tiñeron de rojo, como los de alguna clase de demonio. Me alarmé. Abrí mucho los ojos y me comenzó a arder la espalda, luego la sangre, entonces la cabeza me empezó a dar vueltas.

Qué coño estaba pasando.

Solté el shamshir al instante y me llevé las manos a la cabeza, notando mis orejas de chacal mostrarse. Me dolía. Me dolía, me dolía…

—Mierda —gruñí.

Sentí el aire de un remolino de arena en torno a mí. Voces de una bruja volvían a mi cabeza.

¿No estaba muerta…? ¿No la habíamos derrotado?

—No puedes cambiarlo. No puedes cambiarlo —repetía varias veces. —Has fallado.

Apreté mis ojos cerrados.

—No, no, no. Vamos, ya lo superaste. No caigas. No caigas —me murmuré, intentando ser fuerte luchando contra eso otra vez.

Pero al cerrar los ojos veía imágenes que añoraba. Imágenes que mi mente repetía una y otra vez desde hacía todos estos meses. Sin parar.

Caí de rodillas. Había algo que no había superado. El vacío seguía ahí, más grande que nunca. Y me estaba arrastrando. No sabía exactamente a qué

pero me estaba matando.

No sé en qué momento estaba llorando…. tanto. Desbordando. Sin control. Quizá fuese ese templo. No podía mentir, ni hacerme el fuerte, ni disimular estar bien.

No es que estuviera viendo algo horrible precisamente, más bien lo contrario. Quería revivir esos recuerdos, quería volver al pasado.

Pero por mucho que lo intenté…

… era como si yo mismo desde el primer momento…

estuviera roto.

—Vamos… no resistas más —habló esa voz intentando llenar de veneno ese vacío. Me llevé la mano al pecho. Qué cojones.

Dónde estaba el corazón

No estaba.

¡No estaba!

—¡Devuélvemelo! —gruñí.

—Estás mejor sin sentir.

No, no, no. No quiero olvidar.

—Mírate… Vas a acabar mal si no te ayudo con esto —añadía esa presencia susurrando al oído.

—¡Me da igual! ¡No quiero tu ayuda!

Ella estaba rodeándome dando vueltas alrededor de mí. Creo. Tenía los ojos cerrados invadidos por las lágrimas, pero… supuse que con las orejas grandes podía distinguir hacia dónde se movía. O su olor… un olor a cadáver, a azufre. Estaba cargado.

No sé cuánto tiempo pasé así. Quizá a ella solo le tocaba esperar a que cayese, como si fuera una marioneta a la que pronto podría tirar de los hilos. Pero gateé buscando el shamshir de nuevo. Quería partirla por la mitad, fuese como fuese. No veía nada, y me temo que, si abría los ojos, acabarían ardiendo en rojo vivo. Tenía que hacer todo lo posible para que eso no pasase.

Noté el tacto de la empuñadura de chacal y lo levanté intentando pegarle un tajo al aire, levantando el polvo de aquel templo. Escuché algo de metal estrellarse contra la roca, utensilios de arcilla caer al suelo y romperse.

—Puede que lograses matar mi cuerpo en Tenebraum… —habló esa sinuosa voz que parecía provenir de otro plano —pero mi espíritu te seguirá atormentando hasta que no te decidas a unirte a mí. Entonces dejarás de sufrir. Vamos… todos te han dejado. Todos quienes te importaban ya no están contigo. No estás destinado a caminar junto a ellos, estás destinado a recuperar el legado de nuestro pueblo.

—¡QUE ME DE…!

—...JES!

El sonido de una espada silbó en el aire, cortando la voz de lleno, derrotando esa presencia. No sabía qué era, pero de pronto ese ardor me dejó sin fuerzas y me desplomé contra el suelo perdiendo la consciencia.

Entreabrí los ojos y miré al frente. Estaba en un extraño lugar, como en medio de una niebla dorada en el desierto. Por un instante se me vino el mundo abajo pensando que sería otra de esas pesadillas del demonio contra el que luchaba en el desierto al ocaso, pero no era ese lugar. Hacía aire, pero el polvo no lograba disiparse, y por alguna razón, olía a jazmín.

Lo más raro de todo fue tener a alguien en frente. Más o menos medía lo que yo, y portaba una espada recta de doble filo con extraños detalles (¿Era hasiática quizá?). Una capa de cáñamo marrón ondeaba tras él cubriéndole desde los hombros rodeando su cuello, tapando parcialmente un arco que asomaba por arriba tras su hombro. Fijó la mirada en mí, casi tan confuso como yo.

—Oh, Buda… Tú no estás bien.

—¿Eh? ¿Qué? ¡Oye!

Me fijé algo más en él. Ropa humilde, en blanco y negro, pero adornada con lazos y cuerdas rojas como amuletos a la cintura y algún que otro bordado en dorado

¿Moreno de piel…? ¿Pelo azabache…?

¿Ojos dorados?

—¿Qué? ¿Eres… yo?

¿Qué cojones?

El moreno dejó salir aire de la nariz. Envainó su espada con cierta (y sorprendente) maestría, y caminó, sonando a su paso los eslabones de una cadena que llevaba a un lado de la cintura con una pequeña daga colgando. Chocó su brazo con el mío suavemente, quedando justo al lado bajando ligeramente la cabeza con la mirada enfrente. Me fijé en su cicatriz. Estaba en su lado izquierdo, pero… no era como la mía. Estaba más cercana a su ojo.

—No, claro que no… —suspiré mirando a otro lado entendiendo, aunque fuese a medias.

Nos parecíamos. Su peinado era algo similar a como lo llevaba hace años, hasta los hombros, en su caso con una cinta roja decorándolo y una ramita seca de pequeñas hojas doradas que no sabía qué podría significar. Su presencia era como verme en un espejo distorsionado, aunque… con unos años más que yo, entre tres y cinco diría.

Pero no era él. Parecía más… determinado, más hábil, y por alguna razón más serio, ¿melancólico tal vez? Me echó una mirada de reojo, algo rasgada, por cierto. Habló con un acento que era un poco raro, aunque su voz se pareciese a la mía también.

—Eres joven ¿por qué lloras tanto? Se te oye llorar desde Kaifeng…

—¡Eeeeh! ¡No lloro tanto! —rabié un poco, pero no pude devolverle la mirada —No sé… Siento… que las cosas no van bien en mí desde hace tiempo. Siento un vacío aquí… No sé…

Deslicé la mano hacia mi pecho. Se me quedó mirando sin decir nada, solo sosteniendo la mirada. Continué hablando yo entonces.

—No… no veo la forma de ser feliz. Así… no sé…

—Siempre hay una forma… aunque sea jodido de narices. … Mira, se me da muy mal consolar. La gente y eso. Pero… permítete soltar eso que tienes dentro. Claro que tampoco te jodas la vida por esto. Eres… ¿más fuerte de lo que crees?

Habló con duda. Estupendo. Ni siquiera él lo tenía claro para sí mismo.

Le entendía… Es decir… la de veces que intenté hablarle bonito a alguien mientras aquí dentro estaba en ruinas…

—¿...Tú crees que tengo esperanza?

—Seh —asintió con la cabeza. —Solo que… es posible que no salgas por donde pensabas que saldrías, supongo…

—Te pasó a ti.

—Me han pasado otras cosas, no lo que a ti.

—Ah… A ti… se te ve… bien.

De nuevo me miró acallando una suave risa.

—Mmhhh~ No soy tan animal social como tú…

—¿Eres un errante solitario o algo así?

—Ammm… Más o menos. —Vaya…—Tengo mis cosas. Mal de amores de ese que llevas nop.

Maldita sea, era como si Akame y yo nos hubiéramos fusionado. No sabía quién era ni de dónde venía, pero… en ese momento volví a tener la mente en blanco. Sentí el hormigueo en mi pecho, comenzando a doler de nuevo como tantas otras veces.

—... Solo… ojalá en otra vida… quizás… ella y yo… Umb…

Se me hizo un nudo en la garganta haciéndose un silencio. No sabía cómo expresar lo que sentía. De nuevo, un suave suspiro salió de él.

—En cuanto a la bruja de tus antepasados… Tienes que cuidar más ese corazón tuyo. Es demasiado valioso como para que te lo anden robando así por así~

—No lo tengo… Lo… lo perdí…

—Lo tienes. Solo tienes que confiar en él…

Escuché aquello mientras me miraba el pecho con cierto temor por toparme con la realidad. Me volví a llevar la mano a la zona... Latía. Latía débilmente, pero latía.

—¿Ves?

Miré al joven. Estaba apoyando una mano sobre la empuñadura de la espada sin tomarla, solo descansando.

—¿Quién eres?

Él chico apretó los labios.

—Digamos… que siempre quise saber de dónde venía mi nombre.

—Ah… … ¿Qué pasa? ¿Allí donde vives no es común?

—Es raro de narices. Lo normal sería llamarme… no sé, Gran Zhao.

—¿Gran Zhao? ¡Eso es un nombre terrible!

—Bah~ …

Rodó los ojos y nos miramos. Esa conversación me calmó un poco, aunque el vacío siguiera ahí. Mis preocupaciones seguían ahí. Mis miedos ahí. El vacío ahí. Cada vez que regresaba ese silencio, pesaba sobre mí como mármol.

Creo que me pilló con la cara larga. Otra vez me había apagado. Él continuó hablando volviendo a mirar al frente.

—Creo que te puedo ayudar con eso del animal interno.

—No… no lo sé controlar. Aún es difícil. ¿Tú… puedes?

—Desde hace ya unos años. Aprendí.

Suspiré aliviado. No sé por qué. No lo conocía. Quizá éramos distintos, quizás no tanto. Pero la carga se me hizo menos pesada entonces sabiendo que al menos tenía la esperanza de aprender como él.

—Oye, no se te da tan mal la gente… Am… Tú… ¿eres feliz?

Pareció dudar unos momentos.

—Lo intentamos —esbozó una sonrisa más calmada.

Volvimos a compartir una mirada cómplice. Intenté sonreír, un poco. Pudieron pasar segundos, o quizá minutos, así.

—Tengo que irme —decidí, con el poco gusto que tengo a las realidades alternativas y a los sueños mágicos. Quizá era algo a lo que él sí estaba acostumbrado.

—¡Jé! Sí… Yo también.

—¿Nos veremos?

—¡Claro!

Fue entonces cuando nos despedimos cada uno yendo por nuestro lado en direcciones contrarias.

Dejé de ver.

Entreabrí los ojos, desorientado con la cabeza aún dándome vueltas. Parpadeé lentamente viendo borroso hasta que poco a poco lograba enfocar mejor. Estaba tirado en el suelo. Inhalé una bocanada de aire algo más larga y traté de incorporarme como pude. Recogí el shamshir y me lo llevé atrás. Estaba aún en la pequeña cámara antigua, más desordenada que como la encontré con montones de objetos rotos desperdigados por ahí.

Me quejé soltando un resoplido con algo de molestias que esperaba que pronto se calmaran. Caminé despacio hacia la salida, quedándome apoyado en el marco de la puerta cuando la luz del sol de Valencia me dio de lleno.

—Duuh… —solté quejándome, pestañeando.

Miré al frente observando el ruinoso y árido paisaje a plena luz del día. Respiré profundamente.

Caminé en silencio continuando aún ese largo viaje que me esperaba para cruzar todo el desierto y, si todo iba bien, finalmente llegar a Arehaza.