Arroyos
Los rayos del sol de la mañana no habían llegado hasta él. Se había cubierto completamente con las sábanas de esa cómoda cama de la posada de Tarif. Y sí, no era típico en Anubis conseguir una habitación, más bien se ganaba el hospedaje de maneras cuanto menos alternativas, pero su amigo tarifeño le había hecho el favor tras haberle visto beber vino de más en la taberna. Simplemente no pudo negarse.
La mañana de resaca era algo inevitable. Tampoco es que hubiera bebido hasta ponerse malísimo… De hecho ni siquiera tenía adicción como tal. No era esa clase de persona, puesto que la promesa que le hizo a su Ma era inquebrantable. Pero en ocasiones llegaba ese día en el que se desviaba, que desobedecía por temporadas según su corazón reclamaba duelo. Junto a él reposaba en su mesita de noche una botella vacía. Y otras dos en el suelo. A fin de cuentas… él era el chico malo de la historia. Desviado hasta la médula.
El burrito valenciano salía de las sábanas con ojos vidriosos. Acabó apartando la sábana como si de un zarpazo se tratase y se los restregó. Logró entreabrir uno y miró su muñeca, fijándose en la pulsera que siempre llevaba.
Aún notaba el mareo del alcohol que muy probablemente seguía recorriendo su sangre, pero se apoyó en el colchón y se quedó sentado en la cama mirando al frente, tratando de recordar. El peso del corazón de un amanecer así le volvió a asolar. Tuvo que aguantarlo, como todos aquellos días. Y miró por la ventana. Ya había pasado el mediodía.
No podía seguir así eternamente, y lo sabía. Miró su muñeca de nuevo y acabó saliendo de la cama. Tomó su bolsete de cuero, ese que colgaba del cinturón cuyas dimensiones reales nunca quedaban del todo claras, y empezó a sacar ropa de cambio.
Su habitación ya había quedado pagada como favor, así que salió de la posada y se dirigió a los establos rápidamente. Alzó la mano a esa caravana de comerciantes que había escuchado hablar días antes. Partían hoy hacia Drieghan y quería unirse a ellos.
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Se puso ropa abrigada a medida que salían de la estepa de Mediah y se adentraban en la fría región del sur. Trató de hacer esa travesía por las montañas cuanto menos amena hablando con sus compañeros de viaje. Eran comerciantes humildes, nuevos en el arte del negocio, pero de lo jóvenes que eran se atrevían a hacer esos viajes tan largos con climas tan dispares.
De pronto un día tras tantos fue el momento de despedirse aunque fuese de forma súbita.
—¡Me bajo aquí, chicos! —anunció el valenciano ya poniéndose en pie sin que la caravana se detuviese.
—¿Eh? ¡Pero aún queda un rato para Duvencrune!
Un saludito con el dedito en la frente y una amplia sonrisa fue lo último que vieron en él antes de saltar de forma estúpidamente ágil.
—¡Lo sé! ¡Es donde necesitaba llegar! Muchas gracias y que os vaya bien en el mercado~
Un último adiós con la mano entre el grupo y el valenciano y este se dio la vuelta palpándose el bolsillo. Por supuesto se llevó algo de galletas de los mercaderes… Pero no optó por robarles mercancías al ser tan nuevos en el oficio. Además quería dedicarle el tiempo que merecía a encontrar el lugar de destino…
Bajó la montaña hasta por fin llegar a ese conocido arroyo arropado por árboles altos. Se sentó frente al agua que fluía y quedó observando el lugar, uno lleno de recuerdos de otros tiempos. Sonrisas, palabras sinceras, fiestas, reflexión… Era un lugar que no podría olvidar.
Su nariz sonó al tomar aire como pudo. Bajó la mirada y deslizó esa pulsera de su muñeca. Se la quedó mirando. Tocó con la otra mano la tierra húmeda cerca del arroyo y comenzó a cavar para hacer un hoyo. Apretó el puño que sostenía la pulsera y la dejó tocando tierra, sin envolver, siendo una con la naturaleza. Se la quedó mirando. Y aunque el lugar estaba en silencio y se encontraba solo, aún sentía cómo su corazón gritaba en llanto mientras los recuerdos se agolpaban en su mente.
…
—¿Anubis?
El valenciano abrió más los ojos y se giró rápidamente. Su cara estaba rojiza entre el frío y ese dolor en el pecho. Distinguió al contrario con sus ropas blancas y rojas, su gran arco, el cabello rubio y sus distinguidas orejas de elfo.
—Eru… —Anubis apretó los labios. No podía retenerlo. No podía más. Justo en ese sitio en ese momento no…
El kamasylvano se acercó andando lento. Enfocó con sus ojos a ese hoyo. La mueca de asombro al encontrarse con Anubis en Drieghan mientras recolectaba flores empezó a ensombrecerse temiéndose algo terrible, pero, sin embargo, no le dio tiempo a reflexionar mucho. Anubis caminó rápido casi corriendo hacia él para abrir los brazos y rodearlo. Apretó con fuerza.
—¡Eru…!
Hizo un ruido raro de elfo, casi como si de un peluche se tratase. El desconcierto fue mayor cuando el valenciano no pudo retener más esa presión en el pecho que llevaba tanto tiempo reteniendo, abrazándolo con fuerza mientras rompió en llanto.
—E-eee… —lo rodeó un poco. No entendía nada ¿Anubis llorando de esa forma…? —¿Qué ha…pasado…?
Anubis apretó más al elfo. Dolía. Dolía mucho…
Eru casi se pudo contagiar por ese dolor en el pecho del moreno. Le acogió en ese abrazo. Que soltase todo lo que tuviera que soltar. Se notaba que al menos por una vez era algo que el chico necesitaba.
—-
Pasó un rato y los dos acabaron sentándose frente a ese arroyo. Se pusieron al día de todo lo que había ocurrido durante esos meses. Mientras Eru estaba de viaje por las montañas con Tsu, Anubis había vivido toda la experiencia de tratar de entender sus orígenes y encontrar la forma de no perder el juicio por las lunas llenas. El valenciano habló de cómo fue su largo viaje desde Ulukita hasta la mismísima Edania, cómo se encontró a esa sombra del pasado de su civilización y cómo consiguió esa libertad en Tenebraum, donde por poco perdía la vida.
Sin embargo, su chispa y alegría de siempre estaban apagadas… Ese día cerca del valenciano, el frío hostigaba más, como si de pronto sintiera lo que el de ojos dorados sufría. Al menos la peor de sus sospechas en cuanto vio el hoyo se disipó enseguida.
—Sentí que podía ser libre… Que podía hasta aprender algo y ver el mundo con otros ojos… Pero era un pensamiento egoísta…
—¿Por qué iría a ser egoísta querer rehacer tu vida…?
—Yo… Es que… No lo romantices, Eru… Yo… me fui.
—Anubis… —El elfo no apartaba la mirada de él mientras este estaba con la cabeza agachada aún con los ojos empañados —Alguien que solo se va, no actuaría como lo estás haciendo.
Un silencio. Una negación con la cabeza. Eru respetó ese silencio y se llevó las manos al enganche de su capa de pelo. Se la quitó y la pasó detrás de la espalda de Anubis para cubrirle del frío de ese atardecer. El de ojos azules entendía que era una situación difícil, pero casi como si el destino hubiera hablado por sí solo o simplemente el valenciano era inexperto, era extraño que alguien tan lleno de… vida estuviese rodeado de tristeza de esa forma. Tendrá el nombre del dios de los muertos, pero su alma era todo lo contrario a eso. Incluso sabía reconocer a alguien que tenía sentimientos tan sinceros y llenos de amor aunque difícilmente los demostrase. Quería ayudarlo…
—Siento esto… Sé que era importante para ti… Y lo cierto es que tampoco pude despedirme… Yo… Mgh… Creo que no se trata de culpables, sino de seguir nuestros caminos… Tú solo quisiste buscar tu felicidad que… creo que mereces tanto como cualquiera encontrarlo.
—Soy una mala idea para nadie… —murmuró el valenciano.
—¿De dónde sale esa presión sobre ti…?
El valenciano no supo contestar hasta que logró hablar algo más.
—S-siento que… no voy a estar a la altura. Que hice daño… No sé oficios, no sé estar con alguien, no sé siquiera ser honrado. No hago más que ser el chico de los problemas, el del corazón envenenado…
Eru bajó las cejas negando con suavidad. Alzó su mano para limpiar las lágrimas que recorrían la mejilla de esa cicatriz.
—Eres noble. Más de lo que crees… Te conozco desde hace tiempo.
—Llamas noble a un ladrón.
—No… Llamo noble a Anubis. …Sé que nunca podré saber cómo te sientes ni lo que piensas, pero quiero… que sepas que ahora es tu momento de seguir. Y nadie tiene derecho a quitarte eso.
El valenciano miró a Eru. Una mueca de tristeza le invadía de nuevo, pero aguantó esa vez.
—Tú eres un elfo genial. Eres bueno. Eres sensible. Eres un as del arco. Alto, guapo, de piel perfecta… Yo no tengo esas oportunidades que dices…
El elfo bajó las cejas, con la pena ganándole a la vergüenza, pero miraba a Anubis con más seriedad.
—Estoy roto… tanto en cuerpo como por dentro… —añadió Anubis muy a su pesar.
—No digas eso… Eres amigable, sabes qué decirle a la gente… incluso sonríen allá por donde vas. No te das cuenta… pero eso, en tiempos como en los que estamos, es casi una bendición. … Puedes bailar danzas, crear arte, preservar tu cultura… Y lo haces muy bien.
Anubis agachó la cabeza de nuevo, pensando en las palabras de Eru, en parte, sorprendido de lo tanto que estaba acompañándolo en ese vacío. Agradecía su cercanía, era fácil hablar con él porque sabía escuchar demasiado bien…
—Quizá… nunca logré perdonarme a mí mismo por hacer tanto daño con esto de mi raza… O quizá necesitaba ir a buscar algo que no lograba encontrar.
—... Yo… lo que veo es que necesitabas aire. Y eso no es malo… Incluso las personas más bondadosas a veces se tuercen en cuanto se encariñan demasiado con algo. También tú… has pasado por muchas cosas. Es posible que después de tanto hayas descubierto que lo que necesitas tú no es lo mismo que lo que necesitan los demás…
—...
—... Y mucho menos… L-lo que los demás dicen que necesitas.
Anubis se quedó mirando a Eru fijamente. Le tembló el labio y se apoyó en su hombro, con algunas lágrimas más ¿Era lo que necesitaba oír? ¿De verdad alguien le estaba tratando con esa amabilidad…? ¿A él, el malo?
—Estaré bien… S-solo… necesito un momento.
—El que necesites. Luego te acompaño para comer algo… ¿sí?
—N-no quiero ser una carga… Tienes planes…
—Está todo bien… Descansa un poco.
Anubis cerró los ojos relajándose con el calor de la capa de Eru. Era evidente que el dolor en su pecho no desaparecía, pues ya se había formado su más profunda cicatriz, pero en el fondo aquel era un nuevo comienzo para él, que aunque incierto, podría descubrir eso que en ninguna parte logró encontrar aún ¿El qué? Por supuesto no lo sabía. Esa es la magia de la aventura, de vivir.