Luna de enero
Antes de la caída de la noche hice algo que pensé que no haría nunca en la vida: bailar en medio de la calle.
Supongo que todo empezó porque una parte de mí estaba inquieta por lo que sucedería en unas horas, así que “me desfogué” bailando la danza valenciana que mejor me sabía y así de paso me entraba algo de calorcito. Me hacía falta.
La música sonaba en mi cabeza, en mis recuerdos de la ciudad del desierto. No necesitaba más. Nunca me atreví a hacer eso tan abiertamente porque… bueno, en Valencia tenía mi reputación de chico de la calle. Mostrar una “debilidad” frente a los vándalos de los barrios bajos donde vivía no era una opción que pudiera permitirme tan fácilmente.
Cerraba los ojos moviendo la cadera, extendiendo los brazos y dando giros, como si fuese una brizna de hierba moviéndose al viento deseando echar a volar. Se trataba de algo que sorprendía en una calle cualquiera de Heidel, una danza de una región lejana y remota; y entre miradas confusas, algunas incluso cuestionando mi sexualidad, había quiénes aplaudían y mostraban sonrisas disfrutando de esa tarde de enero tras las fiestas de la Cronidad, vibrando en el sentimiento de la magia de Las Mil y Una Noches. Alguna y alguno me sacó los colores con tanto piropo. Incluso gané algunas monedas de plata.
Más de uno pensará que soy un egocéntrico llamando la atención. Pero para mí, en lo más profundo de mi corazón, fue… bonito. Quería expresarme, decir cosas sin hablar y hablar como tantas veces suelo hacer. Necesitaba exteriorizar ese sentimiento de paz y libertad que tanto anhelé durante años. Algo tan frágil a veces… tan putamente delicado…
Y, sin embargo, pronto a esa rosa le crecerían sus espinas. Pocas horas después me vi solo en un anónimo bosque cualquiera de Serendia, con un cielo que poco a poco se teñía de negro y la figura de los árboles acababa por difuminarse en la creciente oscuridad de la noche. Noté como, una luna más, me crecían las uñas hasta acabar en punta, los colmillos rozaban mi labio y comenzaba a escuchar mejor, sin notar el frío del invierno en mi cuerpo de la forma en que solía golpearme.
Hay cosas que nunca van a cambiar. Todos estos meses, no, años, fueron para confirmar que no tenía ninguna salida a esa verdad: que las orejas no podían eliminarse, que no podía escapar de ese instinto depredador, que el olor de la carne fresca se volvía como una droga para mí.
Esta fue la única puerta hacia el peligro de la que Ma no pudo protegerme. Y aún sabiéndolo, no tenía otra opción más allá de aceptarlo para que pudiera sobrevivir y ella vivir unos años más. De alguna forma ella confió que escaparía de todo esto…
El odio de mis antepasados por desaparecer, el deseo de venganza que corría bajo mi piel… existía. No lo compartía; pero existía. Cargaba con el dolor de siglos de muerte, una semilla que aquellos demonios lograron plantar en mí.
Pero esos demonios ahora estaban en lo más profundo del inframundo. Yo no. Podía correr, saltar, brincar, subirme a los árboles, cazar algún animal…¿Qué es lo que ha cambiado realmente? Podía parar. Podía pensar. La misma pesadilla había desaparecido. Lograba mirarme las manos y la cola, y no asustarme. Me aceptaba. Esa “bestia” era yo. Siempre fue mi naturaleza, y fue algo que logré comprender y quedar en paz cuando caí de Tenebraum.
A veces el grito de una banshee volvía a mis oídos y encogía mi corazón. Lo que de verdad dolía era haber hecho daño a mis seres queridos. Eso… no me lo iba a poder perdonar. No soportaba la idea de haber sido violento con aquellos quienes me dieron la mano, con quienes reí, con quienes compartí vinos y momentos increíbles, con quienes la vida se llenaba de luz. Dolía como una puñalada que dejaría cicatriz para siempre, una realmente difícil. “No, Anubis, estabas poseído”... No. Era parte de esa naturaleza que desconocía y no sabía controlar. Sí, hacía lo que me decía una señora que atrapó mi corazón humano dentro de un espejo… pero aquello formaba parte de mí, era yo. No puedo quitarme esa responsabilidad. (Si al final habré madurado y todo~)
Pero ahora era libre. Todas esas dudas habían cesado. Y ahora…
Podía levantar la cabeza y contemplar la Luna Llena. Podía devolverle la mirada sentándome en una piedra y no hacer nada más, sin asustarme. En realidad… es hermosa. Los sabios dicen que su brillo es una mentira, que es lo que refleja la luz del sol en alguna parte del firmamento de estrellas… o algo así. Qué declaraciones más crueles~
De alguna forma estaba conectada a ella. Me sentía en algún tipo de consonancia.
Hablando de consonancias… Oh. El shamsir.
Bajé la mirada sacando la espada del bolsete mágico. Observé su hoja negra devolviendo exactamente mi reflejo, dos orbes dorados y brillantes destacando en mis rostro. No había chacales ladrándome ni ningún Anubis quedando atrapado… Éramos yo y una espada sin afilar. Nada ni nadie más.
Miré el lago que tenía en frente de mí. Me quedé pensando y decidí quitarme la ropa.
Cuando entré al agua de plata esperaba que un terrible frío me invadiese de cintura para abajo, pero nop, esa noche no fue así. Sostuve el shamsir con ambas manos. Me planteé hacer algo que pensé hacer hace mucho tiempo: despedirme de ella, dejarla hundirse en el agua y no volver a saber de todo esto; terminar con este arco como debía ser.
Pensé en mi madre, en mis amigos, en todo lo que viví… Y me quedé así. No sé si fueron segundos, minutos… quizá casi una hora. Tenía toda la noche para pensar y encima con el lujo de que fuese con claridad.
Mis muñecas flojearon. El shamsir se empapó; y en el último momento, apreté la empuñadura de la espada sacándola del agua. Un brillo rojo y azul salió del filo. Aceptaba mi dualidad y yo decidía cuál sería mi próximo destino.
Sonreí de lado y, por última vez en mi vida, hablé con la espada del chacal:
—Jé. Aún puedes ser muy útil~
Si con ella podía salvar de un incendio o de un robo a esa niña de la calle que, aún sin dientes, iluminaba con su sonrisa mientras bailaba esta tarde, merecería la pena.