2026ES

Recuerdo que ese año también acababa en seis.

Me llevé la mano a la herida del pecho.

Entonces el cazador ni guardó la daga en cuanto escuchó el aullido de un lobo y desapareció entre la bruma. El animal no tardó en aparecer enganchando al alce que hacía nada yo estaba tratando de salvar del humano. Me echó una mirada en medio de la caza de su ahora presa, mientras intentaba descansar de rodillas tras esa pelea notando la sangre brotar. Presioné algo más soltando un quejido mientras alargaba la mano al bolsito de hierbas medicinales y vendas.

Estábamos en una zona concreta de las montañas de Kalis, al sur de Calpheon, cerca de la cabaña de Phoniel. Era una zona protegida porque los cazadores de la capital abundaron durante demasiados años y estaba prohibido cazar allí.

En general no está mal cazar. Pero exterminar sí. Y son dos cosas muy distintas.

Hacía poco que empecé a comer carne, algo que en mi familia no se hace, pero por supervivencia fuera de los abundantes y templados bosques de Kamasylvia llenos de magia, me tocó hacerlo. No me cayó ningún rayo de Sylvia por eso así que… al final estuve bien. Con las décadas fuera de mis tierras descubrí que la naturaleza aparte de bonita puede ser cruel. El viento derribando árboles, el agua arrasando la tierra destruyendo los hogares de las nutrias, las arañas enredando a sus presas en su telas, madres comiéndose a sus crías antes de crecer o al revés nada más nacer… todo eso también es naturaleza, todo eso también es vida.

¿Sangre? ¿Carne? Mgh… Siempre se tuvo la idea de que los elfos somos seres superiores, perfectos, etéreos… Nunca me sentí más lejos de eso.

Quizá seamos muy nosotros, damos una impresión como los colores de los pétalos de una flor o los de las alas de una mariposa pero, aunque longevos, somos mortales, tenemos sangre, el acero desgarra nuestra carne, la vida también nos hace daño. Ante una herida como la mía solo gozamos de buena salud y es mucho menos probable que deje cicatriz a diferencia de otras razas. Como diría mi hermana, “Total y absolutamente nada más”.

El lobo, sí, me trató como a un igual. Se impuso como el dueño de su presa, pero mientras estuviera a lo mío tratándome la herida, no pasaría nada. Los lobos… Recuerdo que en Grana me contaban la leyenda de que, cuando moría un luthragon, se reencarnaba en un espíritu de Sylvia con forma de un gran lobo. Llegué a verlos y siempre tuve esa sensación familiar… pero es algo que no se sabe con certeza. Siempre me pregunté si me volvería uno de ellos cuando…

Respiré hondo. Las hierbas iban a surtir efecto en cualquier momento. Me tumbé en esa húmeda hierba de montaña que olía a tierra, boca arriba mirando el cielo nublado, con el arco a mi lado aún afectado por haber canalizado tanto mis chispas. Iba a necesitar unas mejoras y una buena reparación en la ciudad.

Muchas hojas rotas de las copas de los árboles se veían oscuras resbalando gotas de una lluvia reciente mientras el viento las mecía. Apenas escuchaba el canto de los pájaros siendo invierno, más al lobo de al lado… Esos sonidos eran los que me eran cómodos. La naturaleza no exigía explicaciones, no preguntaba quién era, no me señalaba por mis orejas o mi ropa, ni señalaba por qué dudaba tanto al hablar o mis silencios eran largos entre “aaa eee”s.

El extraño refugio de un día de enero era estar al raso y era algo que mi corazón necesitaba sin saber. Años y años de dudas sin rumbo necesitaban su pausa, echar un ancla en el mar de los recuerdos para frenar. Quitarme la capa que me cubría y preguntarme si esa soledad que me acompañaba ya pesaba demasiado, si podría soportarlo de verdad.

Pero esa no era la capa que llevaba desde mi marcha de Grana, estaba encima de mí mucho antes…

Quizá es mi falta de virtud, mis carencias, no tener talento… Mi castigo por no saber relacionarme con la gente… Hay tantas veces que he sentido que la introversión es castigada silenciosamente, que los bloqueos tantas veces se malinterpretan… Es como “no saber”. Y a nadie le gusta ver a alguien “no saber”.

¿Tendré algún día una respuesta a tantas dudas?

Entonces tuve que entrecerrar los ojos ante una repentina luz. Un rayo de sol consiguió colarse entre las densas nubes de ese cielo gris. Quedarme ciego era lo único que me faltaba, pero no, aunque no era una luz cálida, era una luz que me invitaba a tener esperanza, a arropar a un perdido y torpe elfo.

Cerré los ojos, acosté la cabeza.

Y respiré.